Estuve viendo ayer el documental de MAN ON WIRE, para el que no lo conozca, trata sobre la hazaña de un tipo francés que se le ocurrió la genial idea de cruzar las torres gemelas andando por un cable de acero de forma ilegal, justo antes de que fuesen totalmente terminadas.

La película no está mal pero lo realmente bueno es el libro que escribió él en primera persona, describiendo cada detalle ya que estuvieron meses planeándolo y lo consiguieron entre otras cosas por una consecución de circunstancias afortunadas y por el tremendo arrojo y valor de Philippe Petit.

Este es el trozo en el que está apunto de tomar la decisión, con un pie en el cable y otro en la torre, elegir sobre cual de ellos colocar el peso de su cuerpo:

A mis pies, un cable. Nada más.
Mis ojos captan lo que se levanta frente a mí: la parte superior de la torre norte.
Sesenta metros de cable. El camino está trazado.
Es una línea recta. Que se enrolla sobre sí misma. Que oscila. Que se comba. Que vibra.
Que es hielo. Que está tensionada a tres toneladas. Lista para explotar. Para disolverse. Para disolverme. Para ahogarme. Para tragarme. Para lanzarme silenciosamente al vacío encerrado entre las dos torres.
El cable espera.
Lo desconocido, lo infinito y la gozosa Parca alargan sus brazos y esconden el rostro. Unos brazos de miles, decenas de miles de toneladas de hormigón, vidrio, acero y amenazas. Una boca de 110 plantas de profundidad y más de 400 metros de altura.
Un aullido interior me asalta, el vehemente deseo instintivo de huir.
Pero es demasiado tarde.
El cable está preparado. Mi corazón se encuentra tan fatalmente ligado a ese cable, que cada latido produce un eco; lo produce, y arroja al averno cualquier pensamiento que se le acerque.
Con decisión, mi otro pie se coloca sobre el cable.